El silencio que siguió a la caída del Visir fue un rugido en el Gran Salón de Audiencias. La luz dorada de las inscripciones de Amon, activadas por Neferet y Menna, se disipó lentamente, dejando una sensación de calma restaurada.
Los generales, los escribas y los sacerdotes leales que aún quedaban en el salón comenzaron a salir de su estupor. La figura del Visir, el omnipotente Visir, yacía en el suelo, derrotado. El Sumo Sacerdote Imhotep, la voz de los dioses, también había caído. El corazón