La oscuridad de la celda era un manto perpetuo sobre Menna, el ruido constante, antes apenas perceptible, de los golpes y el arrastre de objetos en las profundidades bajo la prisión, se había intensificado. No era un simple murmullo; era un tamborileo constante que resonaba en el suelo de piedra, un latido siniestro que el cuerpo de Menna sentía con cada fibra. Y Menna, con su agudo oído de arquitecto, supo que el trabajo era sistemático, metódico, apuntando a algo de gran tamaño, algo que requ