Neferet, con una concentración férrea, elevó su voz, su cántico se transformó en una letanía de los nombres de los dioses de la justicia, de la armonía, de la vida. Las palabras, los jeroglíficos que había estudiado durante toda su vida, se convirtieron en un arma de pureza. Visualizó las redes de energía del Nilo, no como una fuente a ser drenada, sino como un sistema de flujo, de vida, de equilibrio eterno. Y dirigió esa energía restauradora contra Amunhotep, inundándolo con la misma pureza q