El sol de la mañana acariciaba las hojas de las vides en la Hacienda Renacer, antes conocida como Montenegro. Elías, con las mangas de la camisa remangadas y la frente perlada de sudor, supervisaba la poda de una línea de cepas jóvenes. Su mirada, antes cargada de la sombra de la venganza, ahora brillaba con la quieta satisfacción del creador.
A su lado, Valeria, con un cuaderno de catas en la mano, probaba una muestra de la nueva cosecha. Su paladar, heredado de generaciones de Brévenor, disc