El coche de Valeria y Mauricio se detuvo frente a la acogedora casa de Gabriel en Costa Serena. El aire marino era un bálsamo después de la opresiva atmósfera de Brévena. Gabriel los recibió en la puerta con una sonrisa amplia, y los llevó directamente a la terraza con vista al mar.
—Tenemos noticias —anunció Valeria, incapaz de contener su alivio—. Mauricio descubrió por qué su padre insistía tanto en la boda.
Le contaron sobre el testamento de los abuelos maternos. Gabriel escuchó, y una sonr