El último informe que Valeria completó era tan intrascendente que casi resultaba ofensivo. Su padre había reducido sus responsabilidades a tareas administrativas que cualquier asistente junior podría realizar. Cerró su laptop con un golpe seco, el sonido marcando el fin de su paciencia. Al salir de la que había sido su oficina, un santuario de proyectos ambiciosos, se encontró con la figura imponente de Esteban, bloqueando el umbral como un guardián de su propia prisión.
—¿A dónde vas, Valeria?