La finca Montenegro estaba en silencio. Un silencio que a Elías le resonaba en los oídos como un campanario vacío. Cada rincón le gritaba la ausencia de Valeria. El aroma de su perfume aún se aferraba al sillón donde ella se sentaba, y en el aire quedaba el eco de su risa, un sonido que ahora sentía más lejano que el de su propia infancia.
Separarse de ella después de haberla tenido tan cerca, después de ese beso en la frente que había sentido como una promesa de redención, fue una herida abier