La puerta se cerró tras ellos, sumiéndolos en una penumbra fresca y cargada del aroma embriagador del vino añejo. La fachada de Elías se desmoronó al instante. Ya no estaban siendo observados.
Con un gruñido de desesperación, la empujó contra las frías barricas de roble, encerrándola entre sus brazos. Su boca encontró la suya en un beso que no era de amor, sino de rabia, de dolor, de posesividad celosa.
—¿Te vas a casar, Valeria? —preguntó, sus labios rozando los de ella entre beso y beso, su v