Elías se liberó por fin de los últimos inversionistas, su mente en un torbellino. Encontró a Leo refugiado en un rincón cerca de los barriles de vino de exhibición.
—Ya sabe mi nombre real, Leo —dijo, pasándose una mano por el rostro—. Todo se está yendo al infierno más rápido de lo que planeé.
—Te lo dije, Elías —suspiró Leo, sin ningún atisbo de "te lo dije" en la voz, solo preocupación—. Esto no iba a durar oculto para siempre. ¿Qué vas a hacer?
—No lo sé… Quiero contarle todo ahora. Iba a h