Los empleados apartaron rápidamente la viga que había caído sobre la espalda de Elías. Valeria, aún temblorosa, no alcanzó a escuchar la advertencia truncada de Leo. Solo vio cómo Elías, haciendo caso omiso de su propio dolor, la levantaba en brazos con un gruñido.
—¡Bájame, estás herido! —protestó ella, pero él no la soltó.
—Cállate —murmuró él, con una voz ronca—. Te llevo adentro.
Aunque cojeaba ligeramente, no flaqueó. La llevó directamente al salón, encendió una lámpara de emergencia y, si