El mundo de Elías era un caleidoscopio roto. Flashes blancos de cámaras estallaban contra su retina, cegándolo. Voces graves y distorsionadas le hablaban de sus derechos, pero las palabras se deshacían como arena antes de llegar a su comprensión. El eco sordo de la explosión aún retumbaba en sus oídos, mezclado con el chirrido de las sirenas.
Miró hacia abajo. Su traje, el mismo que se había puesto con esperanza horas antes, estaba manchado de polvo negro y salpicaduras de un rojo oscuro y