Eres un cobarde, Adrian.

Punto de vista de Adrián

Me quedé paralizado, con el pecho oprimido, mientras la voz de mi padre llenaba la sala.

El jefe de seguridad acababa de informarle que la prensa ya estaba esperando, y ahora Catalina estaba a punto de ser arrojada a los lobos.

Apenas podía mirarla. No se merecía esto. Nada de esto.

—Catalina —la voz de mi padre cortó el aire como una cuchilla, fría y afilada—. Recuerda lo que te dije. Di cualquier otra cosa y te arrepentirás.

Ella asintió, con el rostro pálido y los ojos vacíos. Se me hundió el corazón. Iba a mentir, a decir cosas que no eran ciertas, y todo era culpa mía.

Quise detenerlo, gritar, decir la verdad delante de todos… pero no pude moverme.

—Vamos —ordenó mi padre, apoyando con fuerza la mano en mi hombro mientras nos dirigíamos al vestíbulo.

Los pies me pesaban como si fueran de plomo; cada paso era un recordatorio de lo débil que era. Miré a Catalina, caminando apenas unos pasos delante de mí.

Se veía tan pequeña, como si se estuviera encogiendo
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