Pausa.
El mensaje fue breve:
“No me siento bien. No iré hoy.”
No mentía. El cuerpo de Valentina no tenía fiebre ni tos, pero algo dentro de ella se descomponía igual. Era ese tipo de enfermedad invisible que no se cura con pastillas, la que se mete bajo la piel y te deja temblando aunque no haya motivo aparente.
El departamento estaba en silencio.
El reloj del comedor marcaba las nueve con un tic-tac constante que la enloquecía. Afuera, el sol se filtraba por las cortinas como una herida abierta, dora