Narra: Amelia
El puerto de Aberdeen era un laberinto de acero y neblina, un cementerio de contenedores donde el olor a salitre se mezclaba con el hedor a combustible industrial. La terminal satelital estaba justo en el centro del sector 7, protegida por una malla de seguridad que se activaba con el pulso biométrico de los supervisores del Vaticano. Estábamos a menos de doscientos metros de la conexión, pero el área estaba inundada de patrullas de seguridad que no formaban parte de la infraestru