Narra: Alexander
El motor de la lancha se detuvo finalmente, dejándonos a merced de la corriente en una bahía oculta por acantilados negros y dentados. Las Islas Feroe se alzaban ante nosotros como los dientes de un monstruo antiguo, envueltas en una niebla tan espesa que parecía tener peso propio. Amelia salió a cubierta, envolviéndose en mi chaqueta táctica. El aire estaba cargado de sal y soledad, pero para mí, era el aroma de la victoria. O eso quería creer.
—¿Es aquí? —preguntó, su voz ape