Narra: Amelia
La vista se me nublaba, teñida por un velo gélido y grisáceo que no provenía de la neblina exterior, sino del gas que llenaba mis pulmones. Cada inhalación se sentía como fuego líquido, una toxina diseñada con precisión quirúrgica para adormecer el sistema nervioso central antes de apagarlo por completo. El contador parpadeaba en la pantalla principal con una indiferencia matemática que me helaba la sangre: 00:04:12.
A mi lado, Alexander era una fuerza de la naturaleza negándose a