Narra Alexander
La cabina del Gulfstream se había convertido en un ataúd de metal y silicio donde la lógica se desvanecía ante la urgencia de la supervivencia. La vibración no era solo mecánica; era el pulso de un comando externo que desmantelaba, capa por capa, el sistema de navegación que Amelia y yo habíamos codificado para ser inexpugnable. Mis manos, grandes y acostumbradas a la firmeza de la autoridad, se aferraban a los mandos manuales con una intensidad que tensaba cada músculo de mis a