En el computador no encontró, al menos en un principio, nada que levantara sospechas.
El escritorio estaba atiborrado de carpetas desperdigadas como hojas muertas: nombres técnicos de medicina general, archivos que olían a rutina, y un calendario lleno de citas programadas con la precisión de un cirujano obsesivo. Todo parecía normal, aburridamente normal.
Pero entonces la vio.
Una carpeta sin nombre.
Sin etiqueta, sin fecha, sin nada. Solo “carpeta”. Como si alguien hubiera decidido dejarla al