La mesa vibró. Apenas un latido. Apenas un gesto. Pero suficiente para que los vasos sobre los estantes tintinearan como dientes castañeando de miedo.
Madame Clara soltó sus manos.
No debería haberlo hecho.
En cuanto rompió el contacto, el frío se metió en la habitación como un animal hambriento. No era un frío normal. No era el frío de un aire acondicionado, ni de un invierno. Era un frío que empujaba los huesos desde adentro, que quería quedarse.
Ángela se llevó la mano al pecho, sintiendo co