Una semana después de llegar a la isla, el bronceado de Sofía era notorio y sus ojos brillaban con una felicidad que no le cabía en el pecho. Realmente, estaba viviendo en su perfecta burbuja, creada por su esposo. Ambos habían cumplido su promesa, cero tecnología y cero noticias.
Estaban disfrutando su momento de desconexión total, cosa que, en su momento, lo necesitaron.
Sin embargo, en la tarde del antepenúltimo día de su luna de miel, mientras compartían un almuerzo de mariscos en la terraza, Alejandro suspiró.
—Mi amor, tengo que romper nuestro código por un momento —dijo él, con un tono de disculpa juguetona. Sacó el celular, que había permanecido apagado en la caja fuerte desde que llegaron—. Siento que si no le confirmo a Gabriel que seguimos vivos, podría tener un ataque de ansiedad. Será solo un vistazo rápido para decirle que estamos bien y pronto estaremos en Madrid.
Sofía asintió, con un poco de curiosidad, pero no tuvo problema en que lo hiciera. La paz de la isla la hab