La elección estaba hecha. Los nombres resonaban con la fuerza de las montañas y la elegancia de los glaciares que rodeaban su hogar.
Erik y Astrid.
—Erik y Astrid Thorne Casillas —repitió Marina en un susurro, saboreando el peso de los nombres—. Son preciosos, Lars. Suenan a personas que no tendrán miedo de nada y son nuestros hijos.
Lars asintió, besando los nudillos de su esposa. Para él, esos nombres no eran solo etiquetas; eran su vida. Erik, el gobernante eterno de la reserva que su padre había construido para él, y Astrid, la belleza divina que capturaría la luz del norte, tal como lo hacía su madre a través del visor de su cámara.
Las dos semanas siguientes en el hospital fueron un ejercicio de paciencia y amor absoluto. Tal como el doctor Andersen había recomendado, Lars y Marina no se separaron de los bebés.
El progreso del pequeño Erik, demostró la terquedad de los Thorne. Empezó a succionar con fuerza, ganando peso de manera constante. Sus mejillas, antes hundidas, empezar