El vuelo desde la Costa, duró lo suficiente para que Sofía se durmiera y despertara sintiendo que había atravesado una barrera de tiempo y espacio. Cuando el jet aterrizó en la remota isla privada del Pacífico, la diferencia con su amada Madrid, no pudo ser más abrumadora. Aquí no había tantos edificios ni tráfico, solo el sonido del océano, el aire cálido y espeso, y el olor a flores tropicales.
El complejo era un lugar para soñar. Un bungalow de techo de paja con paredes de cristal que se abrían a una playa de arena blanca y agua turquesa. Alejandro lo había diseñado para ser el epítome del aislamiento que tanto deseaba para los dos.
Quería descansar.
Al entrar, Sofía dejó caer su equipaje de mano. Se acercó a la pared de cristal, sintiendo la inmensidad del océano.
—Ale, esto es... increíble. ¿Cómo encontraste un lugar así?
Alejandro, más relajado que nunca con una simple camiseta de lino y pantalones cortos, la abrazó por la espalda.
—Es nuestra recompensa. Un lugar donde nadie n