12. Magnate Noruego.
El frío de la montaña se quedó fuera en cuanto cruzaron el umbral de la cabaña. El calor de la chimenea, que aún conservaba las brasas vivas, los recibió como un refugio privado. Pero el calor que realmente los consumía era el que emanaba de sus propios cuerpos, una tensión acumulada durante semanas de miedo, el hospital y el silencio.
Lars ni siquiera esperó a que Marina se quitara el abrigo por completo. La acorraló suavemente contra la puerta cerrada, hundiendo sus manos en su cabello mientras sus labios buscaban los de ella con una urgencia que rozaba la desesperación. Marina respondió con la misma intensidad, rodeando el cuello de Lars con sus brazos, pegándose a él como si quisiera fundirse con su fuerza.
El beso ya no era dulce ni cuidadoso; era ardiente, hambriento, cargado de la adrenalina de estar vivos. Lars bajó sus manos por la espalda de ella, delineando sus curvas a través de la ropa, mientras Marina soltaba un gemido bajo que se perdió en la boca de él. Cada toque era