John sostenía la mano de Antony, mientras Elizabeth caminaba junto a Mary. Al llegar a la iglesia, fueron recibidos con sonrisas. Todos los conocían, no sólo por su posición social, sino por la generosidad y humildad que demostraban en el día a día.
Se sentaron en el mismo banco de siempre, en la tercera fila, muy cerca del altar.
Los niños permanecieron en silencio, encantados con el sonido de las campanas, la suave música del coro y la luz que entraba por las vidrieras, tiñendo todo de tonos dorados y azules.
Elizabeth sería ese día la salmista y, al dirigirse al ambón, comenzó a cantar los versos, y su voz angelical llenó la iglesia.
— Papá, ¿mamá es un ángel? —preguntó Mary sentada en el regazo de John.
— Sí, mi amor... sí —respondió emocionado, y no solo él, sino todos los feligreses estaban conmovidos por la melodía y la emoción que Elizabeth transmitía en cada palabra del canto.
Durante la homilía, John sujetó con fuerza la mano de Elizabeth, y ella le devolvió el apretón, sonr