Por la noche, con los niños ya dormidos, Elizabeth tocaba el piano con la misma delicadeza con la que llevaba su vida: con amor, ligereza y elegancia.
John, de pie, preparaba una copa mientras la observaba, encantado. Le encantaba verla así, entregada a la música. Y, aunque inmerso en ese momento de paz, su mente lo llevaba inevitablemente al pasado.
A veces se preguntaba si realmente merecía tanta felicidad. Después de todo, ella había soportado tres largos años de un matrimonio en el que fue humillada, ignorada y tratada con frialdad. Había sido un marido cruel, y ni siquiera él mismo sabía cómo había podido actuar de esa manera. Era como si esa versión de él perteneciera a otra persona, un hombre al que simplemente ya no reconocía.
Elizabeth tendría todos los motivos del mundo para odiarlo... pero nunca lo hizo. Nunca lo juzgó, nunca sacó a relucir, en conversaciones o discusiones, los fantasmas de aquellos años oscuros.
En un intento por borrar cualquier rastro de ese pasado, John