Por la noche, con los niños ya dormidos, Elizabeth tocaba el piano con la misma delicadeza con la que llevaba su vida: con amor, ligereza y elegancia.
John, de pie, preparaba una copa mientras la observaba, encantado. Le encantaba verla así, entregada a la música. Y, aunque inmerso en ese momento de paz, su mente lo llevaba inevitablemente al pasado.
A veces se preguntaba si realmente merecía tanta felicidad. Después de todo, ella había soportado tres largos años de un matrimonio en el que fue