Cuando llegó el atardecer, los invitados comenzaron a despedirse. Los niños, agotados, prácticamente se quedaron dormidos en el sofá, arrullados por el cansancio de los juegos. Elizabeth acariciaba el cabello de los pequeños, observando cada detalle con esa mirada que solo una madre conoce. John, de pie a su lado, la observaba, embargado por un amor tan intenso que a veces se preguntaba, en silencio, si realmente merecía tanta felicidad.
Las niñeras vinieron a buscarlos, y Elizabeth les indicó