John estaba tumbado boca abajo sobre la cama, todavía vestido, excepto por la chaqueta y los zapatos, tirados a un lado. Una botella de whisky casi vacía descansaba en el suelo. Bruce se acercó, vacilante. El jefe parecía dormir profundamente, vencido no solo por la bebida, sino por sus propios fantasmas.
— Señor Walker... —intentó decir en voz baja. No obtuvo respuesta. — Señor Walker...
Poco a poco, John abrió los ojos y los entrecerró al sentir la luz. Se llevó la mano a la cabeza, visiblemente afectado por los efectos de la resaca.
— ¿Qué hora es? —preguntó sin siquiera mirarlo.
—Son más de las ocho, señor.
—Tan tarde... —murmuró, mirando a su alrededor. Sus ojos se posaron en la botella, recuerdo mudo de la mala noche.
—¿Puedo pedir que sirvan el café aquí en la habitación? —preguntó Bruce con cautela, mirando por primera vez a ese hombre antes impenetrable en un estado de profunda vulnerabilidad.
— Sí, por favor. Voy a darme una ducha...
— Estaré en la habitación de al lado, por