John
John estaba encerrado en la sala de la habitación doble del hotel, con las luces tenues reflejándose en las pantallas frente a él. En los monitores, las imágenes de Elizabeth se repetían como una película que no podía dejar de ver. En uno de los cuadrantes, el vídeo en tiempo real mostraba cada detalle de lo que ocurría en el restaurante: entregas, conversaciones, preparativos.
Un ligero golpe en la puerta rompió su concentración, y Bruce entró.
— Señor, perdone que le interrumpa... Carlson necesita sus órdenes.
John cerró los ojos por un instante, masajeandose las sienes antes de pasarse la mano por la cara, pensativo.
— Puedes despedir al equipo. Y, si quieres, también puedes irte. Yo me quedaré unos días más.
Bruce lo miró con sorpresa.
— Señor... con su permiso, prefiero quedarme.
John no se mostró sorprendido.
— No hay problema. — Después de todo, Bruce ya le había impedido cometer dos graves errores; era bueno tener a alguien equilibrado cerca.
— Quiero que averigües cuánd