Amelia alimentaba a su pequeño, lo observaba con detenimiento y no cabía duda de que todos los rasgos eran de Luciano; incluso sus bellos ojos, los cuales, muy a diferencia de él, estos tenían algo bello, curiosidad.
Ella tenía claro que era demasiado pronto para hacer conjeturas, pero recordando y comparando con la frialdad que el padre reflejaba en su mirada, los ojos de su pequeño mostraban aún la inocencia y curiosidad de alguien que no conoce el mundo.
Un nudo se le formó en la garganta a