Las mañanas en Pienza tenían algo engañoso; todo lucía sencillo, como si la vida fuese perfecta en aquel amplio lugar, como si nada pudiera romperse ahí.
Laura D’Angelo lo notó desde el primer día en que pudo ponerse de pie sin ayuda. Aquel acontecimiento no fue perfecto, ni elegante, pero fue un momento suyo.
En ese momento, sus piernas temblaron, sus manos se aferraron al borde de la mesa, su respiración era corta, pero no decayó; al contrario, tomó fuerzas de donde no supo y lo logró. Se lev