En el caso de Paolo, al verlas llegar, no importaba cuantas veces hubiesen convivido en la cárcel, él, ahora aquí fuera, no supo cómo acercarse de inmediato. No era que no quisiera, era que no sabía si debía hacerlo.
Vania lo vio, por unos segundos sostuvo su mirada y luego… la desvió. No era que no supiera cómo lidiar con él, no era que algo hubiese cambiado; bueno, sí, sí había cambiado, ahora Paolo ya no estaba encerrado.
—Llegaron —dijo Paolo, innecesariamente.
—Sí.
El silencio no se rompió