- ¡Bienvenida, querida esposa! Esta… -dijo Paolo señalando con un dedo el entorno. – Esta será tu casa a partir de ahora…
El viaje hasta Italia había sido silencioso, el hombre se había recostado en uno de los asientos y había cerrado los ojos.
Vania, por el tiempo que duró el viaje, se sintió un poco tranquila, pues no era un secreto que Paolo se había ido de farra una noche antes y, ahora, dormía como un tronco.
Vania admiró el cielo oscuro, pudo ver las estrellas desde una altura que le permitió admirarlas con mayor nitidez.
Aquello le recordó su infancia en su pueblo: la gente era amable, los niños jugueteaban hasta altas horas de la noche y el cielo estrellado era testigo de los buenos momentos que un día habían sido y que nunca volverían.
Ahora que el hombre le mostraba la sencilla casa en donde “vivirían”, Vania supo que no habría luna de miel, esta sería su vida a partir de ahora.
Aquel lugar se veía aterrador por la oscuridad del lugar, Paolo encendió la luz y ella pudo ver qu