El Chevrolet Bel Air azul celeste chirrió al frenar frente a la casa de Santa Cruz del Norte. Daniela apagó el motor y permaneció sentada por un largo minuto, observando sus manos temblorosas sobre el volante. Las uñas aún tenían restos de ceniza y sangre seca. Respiró hondo antes de salir, tratando de componer su expresión.
Pitri jugaba en la terraza con un modelo a escala del Kremlin que Alexander le había conseguido.
—¡Daniela —gritó el niño, corriendo hacia ella— ¿Viste el incendio en l