La pantalla del ordenador proyectaba una luz azulada en el rostro cansado de Alexander. Faltaban veinte minutos para la videollamada con Dimitri y necesitaba asegurarse cada movimiento. Las cortinas del estudio estaban completamente cerradas, creando una atmósfera claustrofóbica que coincidía con su estado de ánimo. Marcó el número cifrado que solo usaba en emergencias, los dedos temblorosos por la mezcla de ira y desesperación contenida.
—Larsen —respondió la voz británica al tercer tono, co