Maurice permanecía en la penumbra de su sala de control improvisada, rodeado por pantallas que proyectaban flujos de datos en tiempo real. Cada ventana mostraba un aspecto de la vida de Isabella: cámaras del hospital en Zúrich, lecturas biométricas transmitidas por sensores infiltrados, fragmentos de audio captados desde su teléfono y hasta pulsaciones cardíacas extraídas de registros médicos supuestamente privados. Había construido un entramado invisible que le permitía sentirla, anticipar sus