Aiden, con una sonrisa perversa, obedeció. Sus manos, firmes y decididas, se deslizaron por el cuerpo de Rubí, acariciando cada curva con una intensidad que la hacía estremecer. Sus labios, cálidos y exigentes, comenzaron un recorrido desde el cuello hasta el ombligo, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos suaves que la hacían jadear.
Rubí se arqueaba contra él, sus manos agarrando las sábanas con fuerza, anticipando el momento en que él alcanzaría su destino.
Aiden se detuvo justo antes de ir más allá. No por falta de deseo, sino por control. Ese control frío y calculado que lo hacía peligroso. —Quiero que me mires —murmuró, con voz grave.
Rubí abrió los ojos, la respiración desordenada, la piel ardiendo bajo sus manos. —¿Por qué te detienes? —preguntó, más como un suspiro que como una queja—, ¿Por qué quieres que te vea?
Aiden sonrió, ladeando la cabeza mientras subía lentamente, beso a beso, hasta quedar a la altura de su rostro. —¿Porque cuando te tengo así? —rozó su nariz