Aiden, con una sonrisa perversa, obedeció. Sus manos, firmes y decididas, se deslizaron por el cuerpo de Rubí, acariciando cada curva con una intensidad que la hacía estremecer. Sus labios, cálidos y exigentes, comenzaron un recorrido desde el cuello hasta el ombligo, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos suaves que la hacían jadear.
Rubí se arqueaba contra él, sus manos agarrando las sábanas con fuerza, anticipando el momento en que él alcanzaría su destino.
Aiden se detuvo justo ante