Aiden llevaba semanas dándole vueltas a la idea. No era algo que apareciera de golpe; era más bien como una canción pegajosa que empieza bajito y termina sonando en tu cabeza a todas horas.
Pensaba en Charlotte cuando estaba solo y cuando estaba con Andrea. Pero también cuando el silencio se volvía demasiado ruidoso. Pensaba en su risa, en su forma de mirarlo como si él fuera lo único real en un mundo lleno de apariencias. Hasta llegó el momento en el que, sin darse cuenta, la decisión empezó a tomar forma.
El invierno estaba llegando frío, de esos que se meten en los huesos y como si el destino fuera terco, volvían al mismo hotel de siempre. El mismo pasillo. La misma puerta. El mismo lugar donde se encontraban con fe más que religiosa, una, dos, hasta tres veces por semana, como si ahí el tiempo tuviera otras reglas.
Esa tarde todo fue distinto. No porque sus cuerpos se vieran por vez primera, sino porque el aire se sentía como llevando pensamientos y un secreto en el corazón. Más c