Rubí lo miró, el teléfono temblándole apenas entre los dedos. Sentía cómo el deseo de minutos antes se transformaba en algo distinto, más afilado, más real. Sabía que ese instante no era solo una discusión; era una frontera.
—Aiden te juro que solo es personal, no hay nada en juego. —le dijo para convencerlo.
Él se giró de golpe. —Fui claro contigo desde el inicio —la cortó de manera contundente—. El amor es para los débiles. Lo nuestro es deseo. Nada más. Esa fotografía luego puede convertirse