Rubí sonrió con una picardía apenas contenida. Sabía que llevaba la delantera ante sus competencias; sabía que, entre todas, ella era la que Aiden miraba cuando Andrea no lo hacía. Y aunque no deseaba que su esposa descubriera que él se la estaba llevando a la cama en secreto, tampoco podía negar que Aiden le estaba abriendo la puerta a algo mucho más peligroso: sus propios intereses ocultos.
Marlene, con la rabia apretándole el estómago, marcó el número de Aiden. —¿Estás libre para el almuerzo? —preguntó con una neutralidad ensayada que apenas sostenía el temblor de los celos.
—Entiendo. —respondió Aiden con su tono impecablemente distante—. A las dos. Tengo una cita a las cuatro.
El restaurante tenía ese aire sofisticado, pulcro, perfecto para pactos fríos o para destruirlos. No había privacidad, pero sí suficientes murmullos para esconder lo imperdonable.
Marlene llegó puntual, sentándose con una rigidez que no coincidía con la seguridad que pretendía proyectar. Aiden entró diez mi