Rubí sonrió con una picardía apenas contenida. Sabía que llevaba la delantera ante sus competencias; sabía que, entre todas, ella era la que Aiden miraba cuando Andrea no lo hacía. Y aunque no deseaba que su esposa descubriera que él se la estaba llevando a la cama en secreto, tampoco podía negar que Aiden le estaba abriendo la puerta a algo mucho más peligroso: sus propios intereses ocultos.
Marlene, con la rabia apretándole el estómago, marcó el número de Aiden. —¿Estás libre para el almuerzo