No suelo llorar,No soy ese tipo de hombre. Las veces que lo hago es porque algo realmente toca mi alma.
Pero cuando abrí esa cajita que llego a mi oficina de Washinton, vi el pequeño sonajero, luego la ecografía… y después la carta escrita desde la perspectiva de un bebé del tamaño de un maní, y literalmente tuve que cerrar la puerta con seguro porque sentí cómo el alma se me rompía y se me recomponía al mismo tiempo.
“Papá, sé que aún no nos conocemos, pero ya te quiero…”
No estaba preparado.