El día comenzó como cualquier otro en la galería. Pero apenas crucé la puerta de mi oficina, todo cambió. Vi cómo uno de mis empleados le entregaba un paquete cuidadosamente envuelto, junto con una tarjeta: “Feliz cumpleaños, señorita Miller”.
Mi sangre hirvió. ¿Cómo podía ser que los demás supieran y yo no? “Esto no puede pasar”, pensé mientras mi mandíbula se tensaba. Alice… Alice merecía mucho más que un simple gesto rutinario. Merecía que cada instante de este día le recordara cuánto la des