Boston me recibió con un frío que atravesaba incluso mis huesos, pero agradecí esa sensación: al menos ese frío no dolía como él.
Volver a mi casa fue como volver a una vida que ya no me pertenecía. Dejé la maleta en el suelo, encendí las luces y solté el aire que llevaba contenido desde que el tren se alejó de Washington.
No lloré.
Las lágrimas se me habían secado en algún punto entre la despedida y el rencor.
Lo primero que hice fue destapar mis lienzos. La pintura era mi refugio desde niña.