Cuando llegue a casa de Anne, el silencio pesaba como una losa. Alice me abrazó apenas crucé el umbral, pero yo no respondí. Todo dentro de mí seguía entumecido, como si la muerte de Margot no hubiera cerrado nada, sino abierto aún más heridas.
Me senté en el sofá, sintiendo el temblor de mis propias manos. Anne llamó a su mayordomo.
—Albert, trae un whisky a la roca para el señor Carter.
Asentí sin decir nada. Mi pecho ardía, pero no por el alcohol: por la verdad que Margot había escupido ante