Cuando subi al auto, apoyé la caja en el asiento del copiloto y me quedé allí, con las manos aún suspendidas sobre ella, como si temiera que desapareciera. Durante un momento, pensé en conducir directo a la casa de Alice, decirle que estaba vivo, que nunca la dejé de amar, que Isabelle había envenenado todos nuestros caminos. Pero no podía. No todavía.
—Pronto —susurré, sin saber si se lo decía a ella o a mí.
Me incliné hacia atrás en el asiento y exhalé. Pero la idea me atravesó de pronto: Aró