Jamás pensé que un pasillo pudiera sentirse más largo que el tiempo mismo, pero ahí estaba yo, caminando detrás de la camilla que llevaba a Alice rumbo al quirófano. No pude hablarle, no pude tomarle la mano, no pude siquiera robar un último segundo consciente junto a ella… porque ya estaba sedada. Dormida. Ajena a la tormenta que nos rodeaba.
Eso fue lo que más me dolió.
No hubo último “te amo”.
No hubo mirada, ni una sonrisa —esas que siempre parecían sostenerme cuando todo lo demás se caía a