No recuerdo cuándo fue la última vez que dormí más de dos horas seguidas. El tiempo dejó de moverse con lógica desde que ingresaron a Alice al quirófano. Han pasado semanas —aunque mi mente insiste en creer que han sido años— desde aquel día en que el doctor Graham salió con la bata manchada, el rostro drenado y un veredicto que me cayó como un golpe directo al pecho: Alice está viva… pero no despierta.
Desde entonces, mi vida ha sido un péndulo constante. Hospital, casa, cuna, sala de espera,