Victoria caminaba de un lado a otro en la sala, con el teléfono apretado entre sus dedos temblorosos. Su respiración era rápida, errática. Las palabras de Santamaría, aunque breves, le habían helado la sangre. Sentía que el tiempo corría en su contra y que cada segundo de inacción podía significar la muerte de sus hijos.
—Tengo que hacer algo... —murmuró, deteniéndose en seco. Miró a su alrededor, desesperada—. Solo no puedo. No esta vez. Todos están en peligro. Santamaría es capaz de todo. No.