Leonardo se quedó inmóvil por un momento, observando el lugar donde, segundos antes, Valeria había desaparecido. El portón aún se balanceaba con lentitud tras haberse cerrado. El silencio de la calle lo envolvía, como si hasta el viento se negara a interrumpir sus pensamientos. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón y caminó despacio, con la mirada clavada en el suelo, el ceño fruncido por una mezcla de culpa, confusión y un dolor punzante en el pecho.
Nunca imaginó el daño que podía h