Los días previos a la gran cumbre de inversores internacionales transcurrieron en la Torre Ferré bajo una tensión tan densa que parecía cortar el aire. En la superficie, el conglomerado exhibía una fachada de perfección corporativa impecable: las pantallas gigantes del Distrito Central proyectaban gráficos de crecimiento récord, los mercados bursátiles celebraban la estabilidad de los flujos de energía y la junta directiva preparaba alfombras rojas para recibir a las delegaciones del hemisferio