La luz del mediodía caía a plomo sobre las estructuras de titanio y cristal de la Torre Ferré, reflejándose en los paneles solares de la fachada con el brillo limpio de un espejo pulido. En el piso ochenta y ocho, la rutina del despacho central se había transformado en un flujo de trabajo armónico, donde las decisiones ejecutivas ya no nacían de la urgencia de apagar incendios políticos ni de neutralizar conspiraciones en la sombra, sino de la planeación a largo plazo para toda la metrópoli.
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